Publicaciones y Documentos:
A partir de aquí recorreremos la historia, con sus vivencias y costumbres, de puño y letra de quienes la documentaron. Ya sea en un fino lenguaje poético o en un frontal archivo documental, son publicaciones y escritos realizados por mujeres y hombres a quienes encontramos en las más diversas ramas de nuestro árbol genealógico: sus manos sobre un teclado de computadora, un lápiz o una pluma antigua que deja rastros de tinta en amarillentos papeles... y su corazón sujeto a los recuerdos y a la esperanza en el porvenir.
A mi amada – carta de J. Elías a Constanza
Cuando borraron mi nombre - extraído del diario de J. Elías
Cantar a pesar de todo – himno escrito por el abuelo Elías
Hasta que Cristo vuelva – palabras de despedida del abuelo Elías
El adiós a doña Constancia - palabras del Pr. Benoní Cayrus y el Pr. Juan Tabuenca en el momento de la despedida a la abuela Constancia
Aquí están tus doce hijos – Daniel O. Plenc
Un legado perdurable – Daniel O. Plenc
Una iglesia de campo – Daniel O. Plenc
“A mi amada”
Con una hermosa letra, Juan Elías enviaba cartas a Constanza desde la lejanía... de París a los Alpes viajaban estas gemas poéticas llenas de amor y nostalgia. Años después, y en varias oportunidades, Constanza recitó una poesía que su esposo le había escrito el 1º de 1897 a los 20 años de edad:
(original escrito en francés / traducción Alda C. de Geisse - 7 de julio de 1975)
Día lleno de tristeza, yo parto para el lejano París,
sin poder abrazar a mi amada, el solo bien que dejo en mi país.
Todos mis amigos han querido a su turno
desearme un viaje feliz y un pronto regreso al amado país.
Entonces hacia la Tour yo me encamino, tomo mi pasaje de la Tour a Turín.
El tren silba y la pesada máquina, me lleva lejos de mi buen querubín.
Como el viento este monstruo me lleva atravesando campos, montañas y bosques.
Nada lo detiene, el destino es su suerte. Las lágrimas de mi corazón corren con emoción...
heme aquí, bien lejos de ti, mi amada, en este gran París,
¿a otra podré amar...? ¡Oh! No. Nunca... jamás...
El 13 de septiembre... ¿te acuerdas tú aún?
Nada podrá borrarlo de mi mente, es el único día en que gocé de felicidad.
Diario: “Cuando borraron mi nombre”
Fue en el mes de agosto de 1917 que los dirigentes de la iglesia valdense tomaron la decisión de borrar de su lista de miembros a Elías Cayrus por causa de que él guardaba el sábado como día de reposo. Esta decisión estuvo precedida por varias cartas escritas por reconocidos pastores valdenses, misivas que Elías respondió con franqueza y seguridad.
El mismo nos sintetiza esta parte de la historia... pues en su diario personal lo dejó escrito con su puño y letra:
Agosto 12 de 1917: sábado
“Habiendo manifestado el señor Davit por medio de una carta, mi deseo de hablarle, me contestó que vendría sin falta, para el mediodía del sábado. Fiel a su palabra llegó a casa a eso de las diez, a pesar de un viento impetuoso y frío. Después de la comida entablamos la conversación sobre el tema a la orden del día: el sábado; pero llegando a la discusión propiamente dicha, nos paramos desde el principio, esto es sobre el Monte Sinaí, por manifestarme el pastor que no creía a la inspiración de la Biblia en toda su plenitud... Me entregó luego una carta del Consistorio de esta congregación, que transcribo fielmente a continuación, junto con otra recibida el 31 de julio de 1916...
Primera Carta:
Colonia Miguelete, Julio 31 de 1917
Sr. Don Elías J. Cayrus.
Muy estimado hermano:
Habiendo usted manifestado al que suscribe haber dejado de guardar el domingo para afiliarse al sabatismo, y que en tal situación deseaba saber si el Consistorio de esta congregación estaba conforme o no que usted siguiera haciendo la Escuela Dominical como lo hizo hasta ahora, cumplo con el deber de comunicarle que he sometido su cuestión al Consistorio y que éste, apreciando los servicios que Ud. ha prestado hasta ahora a la Escuela Dominical, y en general a la congregación entera, le ruega quiera continuar esos servicios como en el pasado, siempre que no los repute en oposición con sus convicciones religiosas.
Con tal motivo lo saludo afectuosamente, su hermano en Cristo. Por el Consistorio
Firmado P. Davit, Presidente
Segunda Carta:
Colonia Miguelete, Agosto 6 de 1917
Sr. Don Elías J. Cayrus.
Muy estimado hermano:
El Consistorio que suscribe viene constatando desde hace algún tiempo que hay varios padres de familia de la Congregación que ya no mandan a sus hijos a la Escuela Dominical... por el motivo de que Ud. habiéndose afiliado al sabatismo según nos consta por sus mismas declaraciones, enseña y predica ideas y doctrinas de aquella fracción del Cristianismo, que no son las de la mayoría de la Cristiandad Evangélica y particularmente de la Iglesia Valdense... En consecuencia de lo ante dicho, y sin pretender tachar de ninguna manera su honorabilidad y respetabilidad como cristiano, y como hombre de convicciones sólidas y de principios elevados, creemos conveniente agradecerle sentidamente los valiosos servicios prestados hasta ahora y pedirle que no se ocupe más de la Escuela Dominical de esta congregación, de la cual se harán cargo algunos miembros del Consistorio.
Pero en vista de ciertos rumores que circulan, y para no dar lugar a ninguna clase de equivocación o mala interpretación, le manifestamos categóricamente que no dejaremos de considerarlo y tratarlo como un miembro apreciado de esta Congregación, siempre que se lo permitan a Ud. sus ideas y doctrinas particulares.
Le expresamos nuestro profundo sentimiento por tener que escribirle esta carta y lo saludamos a Ud. con nuestro mayor afecto cristiano, Firman la carta: P.Davit, Pablo Artus, Jerah Jordan, Juan Arduin y Pablo Rostagnol. (miembros del Consistorio – Iglesia Valdense)
“Después de la lectura de esta carta, manifiesto al pastor Davit mi deseo de tener una entrevista pública con el Consistorio para mi defensa. Cree que no habrá dificultad, y se encarga de someter la cuestión al Consistorio y convocar una asamblea para el día siguiente. También le pido que me conceda el favor de poder despedirme de mis queridos niños de la Escuela Dominica, a lo que contesta: “... su pedido será atendido, pero lo que le puedo asegurar personalmente es que, a pesar de las ideas o creencias que hasta cierto punto nos separan, quedo y quedaré siempre como su hermano en Cristo. Le agradezco sinceramente...”
Ese sábado por la tarde según su costumbre, Elías celebró en su casa la escuela sabática y consta en su relato que, junto con don David Salomón y don Enrique Jourdan, pasaron buena parte de esa noche en oración, pidiendo la dirección divina para afrontar lo que sucediera al día siguiente.
Nuevamente encontramos en su libro diario el relato:
Domingo 12 de agosto.
“Voy a la escuela dominical. El Consistorio me comunica que me concede el pedido. El pastor me entrega la dirección. Después del canto de un himno, que es con mucha emoción sabiendo que era la última vez que dirijo en oración a mis oyentes, estudiamos rápidamente la lección: ´Jesús en el Getsemaní´. En la conclusión hago presente a los niños que Jesús empezó su ministerio con la Palabra: “Escrito está” y terminó su ministerio con una oración.... Que la Palabra y la oración sean para vosotros, queridos niños, las únicas armas que emplearéis para luchar, sabiendo que si las empleamos bien tendremos con toda seguridad la victoria final.
Luego vamos al sermón. El pastor Davit dice que la viña del Señor Jesús necesita hombres y mujeres de carácter firme en sus resoluciones, no importa lo que digan los vecinos, los amigos, los parientes, no importa que lo señalen con el dedo, debe seguir adelante mirando a Jesús... Anuncia luego mi entrevista con el Consistorio e invita a todos a asistir el día siguiente a las dos de la tarde.
Después de terminado el culto, vuelven a sentarse a mi pedido todos los niños y les digo: “Como sabéis es la última vez que tengo el placer de hablaros (me vence la emoción y sigo después de una oración silenciosa). Durante más de siete años he procurado instruiros en el buen camino que trazó nuestro Señor Jesús, pero os quiero confesar una cosa que creo os acordaréis por mucho tiempo. He venido durante años a esta escuela con el cigarrillo en la boca... Después de la lección más de una vez, tomé la copita en el boliche, y entre otras... una vez he venido con la cabeza aún aturdida por el alcohol tomado el sábado antes, y sin embargo... nadie jamás pensó siquiera de hacerme una observación, y sin embargo, Jesús nunca fumó... bebió... ni jugó... Hoy por el solo hecho que dejé el domingo para guardar el sábado, se me juzga indigno de seguir enseñándoos... y sin embargo, Jesús fue el más grande sabatista. Aprovecho esta oportunidad para deciros una vez más... mis queridos niños... dad vuestros corazones a El, escudriñad Su Palabra y cuando desde esta capilla diviséis mis ranchos, acordaos que allí hay un sabatista que ora por vosotros...” (Con emoción me despido de todos los niños con un apretón de manos.)
Lunes 13 de agosto (se transcribe aquí solo parte del texto original, debido a su gran extensión)
De mañana viene a casa don Juan Pedro Salomón con el fin de tener una conversación privada conmigo acerca del sábado. Después de exponerle mis creencias al respecto quedó satisfecho... A las dos de la tarde nos encontramos en la capilla para la reunión ya anunciada... hay mucha concurrencia, especialmente hombres. El pastor inicia la reunión invocando el socorro de Dios, e indica un himno que es seguido por otra oración. Lee luego en Romanos 14 recalcando sobre las palabras del verso 4: “Tú, ¿quien eres que juzgas al siervo ajeno? Para su Señor está en pie o cae, más se afirmará, que poderoso es el Señor para afirmarle...” y el verso 10: “Más tú, ¿por qué juzgas a tu hermano? Porque todos hemos de estar ante el tribunal de Dios”. Después de una muy buena exhortación, ora a Dios para que dirija todo para su gloria. Hace luego un resumen de lo acontecido desde el año pasado, desde mi declaración de guardar el sábado... cómo sometió la cuestión al Consistorio, la respuesta del mismo, y finalmente habló de los últimos acontecimientos, relatando también algo de la última carta y concluye diciendo: “Desearía estar a cien leguas de aquí, para no tener que presidir esta reunión. Cedo la palabra al Consistorio y al señor Cayrus”.
Silencio, nadie habla. Me levanto y dirigiéndome al pastor digo: “Estimado pastor, no se aflija por tener que presidir esta reunión. Es Ud. muy competente para el caso y yo no he venido con un espíritu de crítica sino tan solo para pedir un pequeño favor al Consistorio y para declarar al público la impresión que me hizo su carta..” y entonces me dirijo al público: “Estimados amigos y hermanos: Hemos, en el sermón de ayer y en el discurso de hoy, oído palabras muy buenas, lo mismo puedo decir de la atenta que me mandó el Consistorio... No me he afiliado a ninguna creencia, denominación, iglesia o secta, sino que habiendo visto que el día señalado por Dios para el descanso era el sábado para siempre, dejé el domingo para guardar el sábado de Jehová.... No me he afiliado al sabatismo, me he afiliado a la Biblia... Sí, mis amigos y hermanos, son lindas palabras y no obstante, a pesar de ser palabras de consuelo, de amor, de aliento, han sido para mí como un puñal que me traspasó el corazón... Me habéis tomado en algunas faltas según consta en vuestra carta... ¿Quién de vosotros se entrevistó conmigo, con espíritu de mansedumbre y en oración para estudiar el asunto en la Sagrada Palabra, hincándonos de rodillas para pedir al que lo prometió su Espíritu Santo para iluminarnos? Hay que confesarlo: nadie ha venido... (el pastor se pasea por la pieza). ¿Habéis siquiera certificado vuestra acusación con textos bíblicos? Tampoco eso... El único fundamento sobre el cual descansa vuestro argumento es “la mayoría de la Cristiandad Evangélica y particularmente la Iglesia Valdense...” ¿No sabéis que la mayoría anda en el camino ancho...? ¿No sabéis que ese camino lleva a la perdición...? (algunos lloran). Mis amigos y mis hermanos, me es grato poder proclamar aquí que con esta arma que Dios me ha dado... (levanto mi Biblia) desafío toda la mayoría de la pretendida cristiandad y toda la Iglesia Valdense y todos los sabios de este mundo... y si me encuentran un solo versículo que me autorice a guardar el domingo, hoy mismo renuncio al sábado, de lo contrario seguiré con mi Biblia y mi sábado ...”
Cantar a pesar de todo
Los documentos nos muestran cómo Elías Cayrus se vio separado de la Iglesia Valdense a la que había pertenecido durante tantos años... sin embargo no dejó de asistir a la “Unión Cristiana de Jóvenes” que él mismo había organizado en Colonia Miguelete. Luego de haber sido borrado de la lista de miembros, en una reunión entonó este himno que él mismo compuso:
Colonia Miguelete – Agosto 18 de 1917
Amar a Dios y a nuestros semejantes
Son los preceptos del buen Salvador.
Para tener un corazón amante,
Jesús lo ha de cambiar y llenar de su amor.
Coro: Ven Jesús Divino
Mi corazón llena,
De amor de caridad
De caridad de amor.
Si contra ti se eleva alguna ofensa,
Llévalo todo sobre el altar.
Jamás nos des lugar a la venganza
Como el buen Jesús, así debes amar.
Aleja siempre de ti el enojo
Retén tu lengua si tienes que hablar
Y si tuvieras que perder un ojo
El buen Jesús te dice: hazlo sin demorar.
Del Salvador lleva siempre las marcas
Como lo hizo en el Getsemaní
Bebe de un sorbo esa copa amarga
El buen Jesús bebió y la bebió por mí.
Si te desprecian, a Jesús desprecian,
Si te insultan, insultan a El.
¡Oh! Ten piedad por el poco aprecio
Que manifiestan por el buen Emmanuel.
Ayúdales si caen en precipicios,
Ayúdales si están por tropezar,
Para vengarte de su injusticia
Como el buen Jesús aprende a perdonar.
Amar a Dios y a nuestro semejante
Son los preceptos del buen Salvador
Para que tenga un corazón amante,
¡Oh! Cámbialo Jesús y dame de tu amor.
Una despedida “hasta que Cristo vuelva”
El 14 de julio de 1923, exactamente el mismo día en que había guardado su primer sábado como día de descanso, la vida de Elías se apagó completamente. Una de las personas presentes ese día en la casa, recuerda las últimas palabras que papá Elías dirigió a su familia, que reproducimos con la mayor exactitud posible:
- Escúchenme: No frecuentéis jamás las malas compañías y el placer del mundo. Leed vuestra Biblia al levantaros. Elevad vuestro corazón a Dios en una oración secreta. Por la noche, haced el culto como tenemos la costumbre. Los sábados haced la escuela sabática como es la costumbre. Haced la voluntad de Dios. Seguid sus leyes y sus mandamientos. ¿Me lo prometéis todos?...
- Sí, papá, fue la respuesta de todos los hijos.
- Y tú, Constanza (ella aún no se había bautizado), y tú, mamá (abuelita) ¿me prometéis seguir las leyes de Dios?
- Sí, fue la respuesta emocionada de ambas.
Después volvió a dirigirse a todos con estas palabras:
- Haced los negocios justos. No hagáis perder a nadie ni un centésimo... ¿me lo prometéis?
- Sí, papá, fue la unánime respuesta.
- A mí no me falta nada más, venid y besadme todos... .
Luego, recomendó que cuidaran de Inesita, la más chiquita de los niños... y ya no volvió a hablar.
El adiós a doña Constancia Davit de Cayrus
El 13 de enero de 1975, a la hora en que el sol despunta sus primeros rayos, se apagó la voz de Constancia. El velatorio se llevó a cabo en el sub-suelo del Templo Adventista de Guichón, donde por la tarde y la noche se convocaron los familiares más cercanos y numeroso público que desfilaba y quedaba por unos instantes contemplando ese rostro marmóreo que parecía tan solo estar dormido en paz. A intervalos durante la noche, por medio del micrófono, se oía la lectura de sus pasajes bíblicos favoritos, y la letra de sus himnos predilectos. A las 9 de la mañana del día 14 de enero se verificó el servicio fúnebre en el templo, momentos que fueron grabados por algunos familiares a fin de que todo el resto de la familia pudiésemos conocer cómo fue aquella despedida. (El texto que sigue es transcripción fiel de la grabación en audio realizada en aquel momento):
... A los suaves acordes del himno “Mas cerca, oh Dios de ti”, ingresan al templo, colmado de familiares y amigos que permanecían de pie, 4 de sus hijos transportando el féretro... el cortejo es precedido por el pastor Juan Tabuenca y el pastor Benoní Cayrus (hijo de Constancia).
Las palabras de Beno, entrecortadas por la emoción fueron:
“Durante muchos años nos hemos reunido como familia el 12 de enero para festejar el cumpleaños de nuestra madre. En estos últimos años, en algún momento cuando se veía rodeada de sus hijos, decía: “qué lindo sería morir en el día de mi cumpleaños”. Dios cumplió su deseo y oyó su oración. El 12 de enero a las dos de la tarde, estando todavía en plena conciencia le dijimos lo siguiente: “Mamá, aquí están tus doce hijos”, después de ese momento entró en un sueño y se fue lentamente..., dejó de respirar al salir el sol, ayer de mañana. Este momento de dolor que sentimos como hijos, se entremezcla con gozo y agradecimiento a Dios por habernos concedido durante años a nuestra madre. Más de treinta y cinco años hemos tenido a nuestra madre con nosotros de lo que es corriente que los hijos tengan a una madre, y frente al dolor que nos embarga esta mañana, en nuestros corazones late a gloriosa esperanza, la esperanza cristiana que nuestra madre supo inculcar en nuestros corazones. No estamos aquí para llorar desconsoladamente y sin esperanza la ausencia de nuestra madre, sino solamente para decirle “hasta luego, mamá”. Hay un pasaje en las Sagradas Escrituras que dice lo siguiente: “Y oí una voz del cielo que decía: Escribe: Bienaventurado los muertos que de aquí en adelante mueren en el Señor. Sí, dice el Espíritu, descansarán de sus trabajos, porque sus obras con ellos siguen”. Deseamos que la obra de nuestra madre continúe. Así como fue capaz de unirnos estando en vida, ojalá que esa obra de unión entre la familia que ha quedado continúe... Que no perdamos esta reunión de familia que... será el 12 de enero... o será el día del cumpleaños de nuestro hermano mayor que, cuando perdimos a nuestro padre, fue él que timoneó el hogar...”
Hasta aquí las palabras de Benoní, que no pudo seguir, pues los sollozos lo ahogaban. Continuó entonces el pastor Tabuenca que estaba a su lado:
“Querido colega, compañero, amigo y hermano en Cristo, y contigo, Benoní, todos tus hermanos, hermanas y demás familiares, amigos y hermanos en Cristo: Quiero en nombre propio, en nombre de mi esposa, de mis hijas y de la gran familia de todos los Adventistas del Séptimo Día, de todo el Uruguay, hacerte llegar y hacerles llegar nuestros más sentidos pésames. La Iglesia Adventista del Séptimo Día está de luto. Ha perdido una verdadera madre en Israel, después de casi un silgo de vida, que Dios en su misericordia y en su providencia ha concedido a doña Constancia Davit de Cayrus.
... dicho esto, el Pr. Juan Tabuenca procedió a leer la biografía de Constanza Davit de Cayrus, momento del cual extraemos: “Hay algunos hechos salientes en la vida de doña Constancia, hechos relevantes de su vida que quisiera mencionarlos en esta oportunidad: Se destacan como gemas preciosas de su carácter, de su personalidad, la de una madre amorosa, de una madre profundamente cristiana y piadosa, muy apegada al hogar y a la familia, muy querida y reverenciada por todos sus seres amados, y no solamente por ellos, sino por sus vecinos y amigos que tuvieron el placer de tratarla durante tantos años y valorar sus perlas morales que Dios le había concedido. Desde que doña Constancia cumplió los 70 años, vale decir, hace 27 años, existe un acuerdo de familia. Se han reunido casi con exactitud la totalidad el 12 de enero, día de su cumpleaños. Uno de los hechos relevantes que tal vez explican sobre todo uno de los aspectos que presenciamos en esta oportunidad, es la sólida formación cristiana del hogar de la familia Cayrus, que reunida en torno al altar cristiano del culto de familia, donde todas las noches, sin excepción, se estudiaba la lección de la Escuela Sabática, sistemáticamente, luego se leía un capítulo de la Santa Biblia, se hacía una oración por turno del mayor al menor. Esto puede explicar fehacientemente lo que significa la influencia de un hogar piadoso y el fruto es que los doce hijos que tuvo doña Constancia hoy permanecen firmes y fieles en la verdad, como columnas en la Iglesia Adventista del Séptimo Día... Es admirable cómo la proyección de esta familia ha sido un canal de bendición, como un hermoso río de bendición que se ha extendido hacia diversos ámbitos.
Su memoria prodigiosa es otro de los hechos relevantes de doña Constancia. El año pasado, sin ir más lejos, festejando el día de su cumpleaños recitó una larga poesía, sin equivocarse... No confundía jamás a los hijos, ni a las familias de cada uno de ellos, recordándolos a todos y a cada uno. Desempeñó varios cargos en la iglesia adventista, y fue una extraordinaria colaboradora de la misma. Hospitalaria y dadivosa y bien puede decir la Palabra de Dios al leer aquí en el Salmo 41 un hecho que me emocionó el año pasado, hace unos meses atrás, cuando tuve el privilegio de conocerla personalmente. Me emocionaron algunos hechos y quiero recordar las palabras del Salmo 41, verso uno, que se han cumplido extraordinariamente en su vida.
Dice la Sagrada Escritura: “Bienaventurado el que piensa en el pobre, en el día malo lo librará Jehová... Jehová lo guardará y le dará vida, sea bienaventurado en la tierra y no lo entregues a la voluntad de sus enemigos. Jehová lo sustentará sobre el lecho de dolor, mullirá toda su cama en su enfermedad...” y, gracias a Dios, con sus años hermosos que Dios le ha dado...Esta vida luminosa, esta vida piadosa y ejemplar, de una madre que se ha apagado a casi un siglo de vida, ha dejado una estela de bendición a su paso por esta tierra; ha sembrado preciosos frutos, y esa siembra ha traído resultados fecundos, maravillosos. Ella descansa de sus labores, pero sus obras le siguen y le seguirán hasta la eternidad, en la vida de sus hijos, en la vida de sus familiares, en la vida de cuantos ella pudo ver y pudo bendecir a su paso por esta tierra. Maravillosa siembra, ejemplar siembra de una vida fructífera en frutos de una vida cristiana auténtica...”
“Aquí están tus doce hijos”
(Daniel Oscar Plenc – Febrero de 2007)
A veces es difícil saber porqué iniciamos un viaje. ¿Buscamos descanso? Tantas veces hemos vuelto más cansados. ¿Bellos paisajes? Los kilómetros se suman y la velocidad nos impide disfrutarlos. ¿Deseamos reencontrarnos con personas y lugares queridos? Seguramente. Aunque no siempre están allí, como y donde los hemos dejado. Han cambiado y nosotros también, o se han marchado. ¿Es que imaginamos que hallaremos lugares enteramente diferentes al nuestro? Ciertamente los hay, aunque pronto sospechamos que tampoco son el paraíso. ¿Será que vamos en busca de nosotros mismos, de nuestros recuerdos o ilusiones, de nuestros sueños extraviados o incumplidos? No es fácil determinarlo, pero la idea de viajar nos seduce y nos pone en camino. Como lo dijo algún poeta: “Cuando viajamos volvemos a ser niños”.
¿Por qué viajaba mi familia, o parte de ella, al Uruguay desde el paraje selvático llamado Teyú Cuaré, o desde San Ignacio en la provincia de Misiones? ¿Por qué tantas personas y de tantos lugares viajan cada enero a la Colonia Pintos Viana, cerca de Guichón, en el Departamento Paysandú? ¿Por qué se reúnen todavía en el mes del cumpleaños de Constancia, más de 30 años después de su fallecimiento? Cuesta entenderlo, pero quienes lo hacen sienten que bien vale la pena. Alguien calculó no hace mucho que la distancia que los miembros de la familia Cayrus recorrieron ese año para llegar al Santana había sido de 164.975 kilómetros, más de cuatro veces la vuelta al mundo. La idea de encontrarse surgió hace décadas cuando los doce hijos de doña Constancia Davit de Cayrus se reunían para celebrar su cumpleaños.
Una nueva patria
Constancia había nacido en un hogar valdense, en Villar Pellice, provincia de Turín, en el norte de Italia. Sus padres Pablo y Constancia tenían otros cinco hijos. En la capilla del valle, con sus actividades espirituales y recreativas, Constancia conoció a Juan Elías Cairus de quién se enamoró para siempre. Juan Elías también la amaba, pero deseaba estudiar en Francia y conocer el mundo más allá de los Alpes. Ocasionales cartas y poesías, primorosamente escritas, llegaban a los valles desde la ciudad de las luces. Constancia solía recitar un poema que Elías había escrito en francés en 1897. Uno de sus versos refleja la profundidad de su sentimiento: “heme aquí, tan lejos de ti... mi amada en este gran París”.
El Piamonte habría de reunirlos alegremente otra vez. La boda se celebró un sábado frío y soleado de 1898. Elías tenía 21 años y Constancia 20. Planearon una gran familia de doce hijos, y no perdieron el tiempo. A los diez meses ya había llegado Elena María a alegrar el hogar.
Era un tiempo cuando las noticias de América parecían cada vez más atractivas. En busca de una vida mejor partieron del puerto de Génova junto a otros familiares rumbo a Montevideo. Para octubre de 1900, sin entender el español, desembarcaron en su nueva patria y de allí a la colonia de los valdenses en el departamento Colonia. Tíos y primos de Constancia los recibieron en el puerto de Rosario. La familia Negrín los alojó durante varios meses mientras Elías buscaba casa y trabajo. Cuatro meses después de su llegada nació Juan Emilio, el segundo retoño.
Una pequeña chacra con algunas habitaciones de ladrillo, barro y paja en Colonia Piamontesa fue su primer hogar, muy cerca de las playas del Río de la Plata. Allí Constancia y otras mujeres lavaban la ropa, mientras los pequeños jugaban en el agua y la arena. Con la muerte de Juan Pedro Cairus, el padre de Elías, se sumó a la familia la “gran mamá” María, hasta su fallecimiento a los 95 años. Mientras Elías iba a buscarla a Italia y regresaba nació Paula Constancia, en 1904.
La vida de los Cairus, cuyo apellido pasó a escribirse Cayrus, continuó en la cercana Colonia Valdense, donde participaban activamente de las actividades de la Iglesia Valdense. Juan Elías ayudó a establecer una escuela valdense y hasta 1909 trabajó como maestro, sin descuidar sus tareas agrícolas. También fue director de la escuela dominical, catequista y director de canto. La lectura de la Biblia y la oración nunca faltaron en el hogar de Constancia y Elías. Para la familia, esa fue una época gloriosa, con trabajo, sacrificios, pero también con paseos en carro y bellas distracciones.
Otro valdense, don Pablo Plenc los convenció en 1909 de trasladarse a Colonia Miguelete, donde había más tierras, pero también más trabajo y cuidados. Lelia Anita se agregó allí a la familia. Entonces Elena y Emilio debieron abandonar sus estudios para sumar sus esfuerzos al proyecto de la familia.
Una nueva fe
Una revista El atalaya dejada en 1914 en un comercio de Colonia Valdense por Daniel Rivoir sirvió de nexo para que Elías Cayrus y su familia entraran en contacto definitivo con el adventismo. Un artículo sobre el sábado llamó su atención y le recordó palabras que había escuchado en Italia por la predicación de Elena G. de White. Siguieron días de reflexión, oración y estudio de la Biblia, hasta que el ocho de julio de 1915 compartió con los suyos su decisión de guardar el verdadero día de reposo.
Constancia no se opuso, pero no lo aceptó rápidamente. De todas maneras su esposo celebró un culto en su casa el sábado 15 de julio de 1915. La salida de la Iglesia Valdense fue un proceso largo y doloroso. Los pastores adventistas F. L. Perry y J. T. Thompson tuvieron contacto epistolar con Juan Elías, lo animaron y organizaron una escuela sabática en su casa. En un congreso celebrado en San José, los Cayrus se relacionaron con otros adventistas como los Ernst y los Dreher. Pocos días antes del nacimiento de Esli Eber, su hijo decimoprimero, en 1916, Juan Elías fue bautizado, al igual que sus hijos mayores Elena y Emilio, y el hermano David Salomón, en el río San Salvador. Emilio Cayrus cuenta en su diario que en mayo de 1924 el pastor Carlos E. Krieghoff, presidente de la Misión Uruguaya, bautizó a la “gran mamá” y a Constancia D. de Cayrus, junto a sus hijos Paulina, Margarita, Alina y Enrique.
No sintiéndose ya cómodo entre los valdenses, Elías decidió mirar hacia nuevos horizontes. Después de mucha búsqueda decidió radicarse entre los colonos rusos de la zona de Guichón, en el departamento Paysandú, en el norte de Uruguay. Carlos Racovsky colaboró generosamente en esas gestiones. El viaje de nueve días en carro de El Miguelete a Guichón fue toda una aventura. Sobre esa travesía se han contado y se contarán infinidad de anécdotas deliciosas.
El primer destino en Guichón fue un campo arrendado, a un kilómetro de la estación de trenes. En esa primera noche, la mudanza y los muchachos durmieron a la intemperie, mientras los esposos y las hijas se alojaron en el hotel. Pasaron luego a una casa alquilada junto a la plaza. Alda y algunos de sus hermanos comenzaron a asistir a la escuela, sin entender una palabra de castellano. Cuatro piezas de terrón y techo de chapa se levantaron en el campo como vivienda familiar. Luego se añadieron tres cuartos adicionales. Numerosos árboles de paraíso, álamos y duraznos, y algunos rosales fueron creciendo alrededor de la casa. Junto a esos árboles las niñas pasaban horas dichosas jugando con muñecas de trapo hechas por ellas mismas. En 1920 comenzaron a fabricar quesos y manteca. La leche que sobraba se regalaba a los pobres del pueblo. Junto al trabajo secular iniciaron la distribución de El atalaya y el contacto misionero con los vecinos.
En julio de 1922, Constancia dio a luz a su última hija, Inés, completando así los doce hijos planificados. Una larga mesa fabricada por Elías y dos bancos servían para reunir a toda la familia. Allí se oraba por turno en francés y se disfrutaba de los alimentos. En el mismo año, Elías compró un campo a doce kilómetros de Guichón en lo que se llamó Colonia Pintos Viana, con una antigua casona de piedra, donde continuaron el trabajo con la bendición divina. El monte del arroyo Santana llegaba hasta el patio de la casa.
Familias de inmigrantes rusos solían alojarse en esa estancia mientras preparaban sus ranchos. Algunas eran adventistas y otras sabatistas. Con ellos comenzaron las reuniones religiosas de la zona de Guichón y dieron luego inicio a la iglesia.
Una nueva realidad
El año 1923 se transformó en un tiempo de pruebas y tristeza. Abundaron los problemas de salud y escasearon los remedios. Enfermaron Elena, Emilio y los demás hijos mayores. Cuando le llegó el turno a Elías, éste ya no tuvo resistencia. Resignadamente supo que era tiempo de partir y se preparó para ello. El 12 de julio de 1923 reunió a su familia, dio sus últimas instrucciones y animó a todos a ser fieles a Dios. Cantó un himno, pidió una oración a Miguel Dreher y descansó dos días después en la bendita esperanza del regreso del Señor.
Los años que siguieron fueron más que nunca, para Constancia y sus hijos, años de trabajo duro, de limitaciones materiales, pero también de unidad familiar y de confianza en Dios. Constancia o algunos de los mayores siguieron celebrando el culto familiar cada noche. Estudiaban la lección de la Escuela Sabática, leían un capítulo de la Biblia y los doce hijos oraban por turno. Llegó el momento en que la familia se trasladó a la estancia Santa Isabel a orillas del arroyo Santana. Ese lugar fue casa, escuela de cuarenta alumnos para la colonia y albergue para las maestras. Allí Alda y Lelia soñaron también con llegar a ser maestras. La misma estancia se transformaba los sábados en iglesia para la Escuela Sabática y el culto. Las visitas de los pastores Sherman, Krieghoff, Soto, Westphal y otros fueron muy apreciadas y recordadas por la familia.
El tiempo es inexorable y los pichones fueron creciendo y alejándose del nido. El 6 de marzo de 1924 se casaron Elena Cayrus y David Plenc. El luto por el fallecimiento de don Elías imponía entonces el uso de un vestido negro con un tul blanco. Con un elegante carro prestado, tirado por dos caballos blancos se trasladaron al juzgado de Guichón, y del pueblo a su rancho en el campo. Nueve meses y cuatro días después llegó su primer hijo y el primer nieto de doña Constancia. Elena y David habrían de vivir juntos y felices por casi 70 años, hasta que una noche David se acostó, pidió a Elena que lo abrazara fuertemente, se durmió y ya no despertó.
Emilio Cayrus y Emilia Dreher se casaron al año siguiente. Lelia debió alejarse del hogar durante los meses escolares para trabajar como maestra. Alda se trasladó en 1930 al Colegio Adventista del Plata a fin de continuar una carrera docente. Alguno de sus hermanos varones la acompañaba en sus primeros viajes en tren. En ocasión de su graduación en 1933, Constancia y Elena estuvieron presentes. Para 1934 ya se habían casado Enrique y también Alina, y los nietos de Constancia sumaban doce. Alda y Günther se casaron en 1936 y se trasladaron a Bolivia como misioneros. Benoní sería el más viajero de los hijos de Constancia. Su ministerio pastoral fue amplio y reconocido.
Con todo, la familia se mantuvo unida y juntos progresaron. Emilio compró un Ford T y Pedro un Chevrolet. Un sábado de tarde, la mamá de Constancia visitó a Elena en el Ford T de Emilio ¡a 40 kilómetros por hora! Al llegar exclamó: “Por poco me faltó el aliento a semejante velocidad. ¡Íbamos como el viento!”. Los demás también fueron comprando sus propios vehículos, tractores y cosechadoras. Aunque el trabajo era agotador, los sábados eran una delicia. Las Sociedades de Jóvenes, las reuniones sociales y las caminatas por el monte convocaban a muchos jóvenes de la colonia. Los concurrentes a las reuniones espirituales estudiaban la Biblia y disfrutaban de los concursos bíblicos, así como de los versículos de memoria de la devoción matutina. En ocasiones, seis o más jóvenes podían repetir de memoria los versículos ¡de los 365 días del año!
Tal como lo habían soñado, Constancia y Elías tuvieron doce hijos entre 1899 y 1922. Todos se casaron entre 1924 y 1945. Elías no pudo verlos formar hogares y tener hijos, pero Constancia pudo disfrutar por mucho tiempo de la llegada de 55 nietos, 98 bisnietos y cuatro tataranietos. Al fin de sus días, más de 230 de sus descendientes seguían manteniendo fuertes lazos de sangre y de afecto.
Esos lazos venían fortaleciéndose cada doce de enero cuando los hermanos y sus hijos se encontraban junto a las aguas del Santana o del Queguay para celebrar el cumpleaños de Constancia. Así fue durante muchos años y los asistentes aumentaban cada año, lo mismo que las inocentes actividades lúdicas y espirituales. Sólo un motivo muy justificado impidió a veces la llegada de alguno de los hijos. Las costumbres se diversificaron y consolidaron, como el almuerzo criollo, la compota de la tarde, los cantos y las poesías, los recuerdos, la reflexión espiritual y la entonación del himno “Nos veremos junto al río”, tomados de la mano al finalizar el día.
Una esperanza renovada
La reunión de 1975 fue diferente, porque los doce hijos rodeaban la cama de Constancia en su cumpleaños número 97. Su vida se estaba apagando, tal como lo había querido, rodeada de los suyos. Benoní tomó la Biblia e inició la lectura del Salmo 23. Sólo necesitó Constancia oír la primera palabra, para unirse en la repetición del pasaje. Ya no pudo hablar mucho más. Se pronunciaron los nombres de sus hijos y ella los buscó con la mirada. Al inicio de la tarde alguien dijo: “Mamá, aquí están tus doce hijos”. Su misión había concluido y falleció al salir el sol del día 13 de enero.
La iglesia de Guichón que ellos habían ayudado a fundar despidió los restos de Constancia en el subsuelo de su templo junto a muchos familiares y amigos. Se repitieron versículos y se cantaron himnos. El pastor Juan Tabuenca presidió el servicio fúnebre junto al pastor Benoní Cayrus. Los otros cuatro hijos varones portaron el féretro. Entre otras cosas dijo Benoní: “No estamos aquí para llorar desconsoladamente y sin esperanza la ausencia de nuestra madre, sino solamente para decirle hasta luego, mamá”. Siguieron las sentidas palabras del pastor Tabuenca: “La Iglesia Adventista del Séptimo Día está de luto. Ha perdido una verdadera madre en Israel, después de casi un siglo de vida que Dios en su misericordia y en su providencia ha concedido a doña Constancia Davit de Cayrus”. El pastor recordó que unos 20 de sus descendientes con sus familias estaban trabajando activamente en la causa de Dios en Argentina, Estados Unidos, Perú, Paraguay y Uruguay. Luego unas 600 personas recorrieron calladamente las diez cuadras que separan el templo del cementerio local para depositar a Constancia junto a la tumba de su amado esposo, su suegra y dos nietitas.
Alguien conservó un registro del deseo sincero de Constancia para los suyos: “Que sean fieles a Dios, para [que podamos] vernos un día todos en el cielo. Esto es [lo que quiero] para mis hijos, nietos, bisnietos, tataranietos, para todos. Que sean sanos, que tengan salud, que no haya ningún escándalo, y que vivan todos unidos [...] No sé que pensaría papá si viera toda esta descendencia, sin duda pensaría que son muchos”.
Luego de la muerte de Constancia, las reuniones continuaron en otras fechas: el cumpleaños de alguno de los hermanos, el último lunes de enero y actualmente el último domingo de enero. El libro Recordando de Alda Cayrus de Geisse ha contribuido a conservar la memoria de este largo tiempo transcurrido. Al presente ya han pasado al descanso Elena, Emilio, Pedro, Enrique y Benoní. Viven Paulina, Margarita, Alina, Lelia, Alda, Esli e Inés. Las reuniones seguramente seguirán, aunque a los hermanos se les hace cada vez un poco más difícil trasladarse al “pozo” del Santana. En 2007 estuvieron presentes cuatro de ellos. La presencia de Paula, con sus casi 103 años, fue motivo de admiración y gratitud. Más de 200 familiares hicieron de ese, uno de los encuentros más hermosos.
A veces ignoramos la verdadera razón por la que hacemos un viaje.
Armando Tejada Gómez escribió que volvemos siempre a los lugares donde hemos amado la vida.
La familia Cayrus viaja para recordar y mantener sus raíces de afecto y de fe,
para reeditar los momentos gratos, para intentar mantener aquellos valores del esfuerzo,
la lealtad y la esperanza, cada vez más escasos y necesarios en este tiempo final que nos toca transitar.
“Un legado perdurable”
(Daniel O. Plenc – febrero 2005)
La visita de mi abuela Elena al Instituto Adventista del Uruguay era algo que yo había deseado y sugerido. Ocurrió durante el culto de clausura de una semana de oración a fines de 1991. Pensé que ese sermón sobre la esperanza del advenimiento se vería enriquecido por el testimonio de esa pequeña mujer de 92 años. Cuando se levantó de su asiento y avanzó hacia el púlpito apoyada en el brazo amable de su nieto, supe que no me había equivocado.
Un recuerdo lejano
Sus pasos no tenían la firmeza de otros tiempos, pero su entusiasmo no había cambiado y sus palabras fluyeron sin dificultad. Luego de la austera presentación de rigor vino la pregunta acerca de sus primeros pasos y los de su familia en el mensaje adventista. Su memoria la llevó a tiempos lejanos y habló de su militancia y la de sus padres en la iglesia valdense, donde aprendió desde muy pequeña a conocer y a amar a Jesús. Entonces añadió:
“Pasando el tiempo llegó el 15 de julio de 1915 cuando papá nos dijo: ‘-Hoy es el primer sábado que vamos a guardar’. En aquel momento nos sorprendimos un poco, pero luego nos sentimos muy felices de conocer mucho más acerca de la Palabra de Dios, acerca del sábado y acerca de la venida de Jesús. Pensábamos antes que el sábado era para los judíos y que la venida de Jesús sería tan remota que ni se debía hablar de ella”.
La pregunta volvió: “-¿Sigues creyendo que Jesús viene?”. Y dijo: “-¡OH sí, con seguridad! Lo estoy esperando con ansiedad, con mucha fe y esperanza”.
Había algo más que deseaba escucharla decir. “-¿Alguna vez te arrepentiste de haber aceptado a Jesús?” Entonces su voz anciana se tornó todavía más resuelta y sentida: “¡No! ¡Nunca! ¡Jamás! Siempre Jesús ha estado a mi lado y he tenido una vida feliz cumpliendo todo lo que he podido los mandamientos de Dios”.
La semilla germina
Mi abuela Elena, era la hija mayor de un hombre singular a quien no conocí por su temprana muerte en 1923, y de una mujer extraordinaria que vivió hasta los 97 años, conciente del afecto de sus doce hijos, sus 58 nietos y sus varias decenas de bisnietos y tataranietos.
¿De dónde aprendió la abuela Elena todas esas cosas que llenaron tempranamente su vida de fe y de valor? De un humilde agricultor valdense llamado Juan Elías Cayrus, su padre. ¿De qué labios oyó por primera vez acerca de la venida de Cristo y de la santidad del sábado? De su padre, un predicador y dirigente laico que nunca quiso ser pastor.
Juan Elías había sido sólo un niño en los valles piamonteses de Italia cuando escuchó estas verdades de una menuda predicadora norteamericana llamada Elena G. de White. Desde ese lejano 1886 la semilla permaneció en su corazón y brotó años después en las costas uruguayas del Río de la Plata a donde había emigrado con su esposa y su hija Elena.
Sus padres hubieran querido que fuese un pastor valdense. El se negó, al punto de escapar del hogar paterno. Pero con el tiempo, más de 50 de sus 450 descendientes fueron inspirados a trabajar en la obra adventista y doce de ellos son pastores o esposas de pastores. Juan Elías trajo también a la iglesia adventista a un muchacho valdense a quien animó a ingresar al ministerio, e interesó en la fe a un hermano valdense cuyo hijo y nieto son pastores.
Juan Elías no ambicionaba el ministerio, pero cuando las circunstancias lo exigieron actuó como maestro y pastor en las colonias valdenses de su nueva patria. Fue también director de la escuela dominical y director de canto de la iglesia. Por lo menos en una ocasión escribió un bello poema en francés y en otra compuso un himno de ánimo en medio de su lucha espiritual. Enseñó a niños y adultos, predicó y escribió artículos para el Semanario valdense.
Un viaje singular
Su peregrinaje terrenal y espiritual lo llevó de Colonia Piamontesa a Colonia Valdense y de Colonia Miguelete a Guichón, en la República Oriental del Uruguay. Ese último viaje se volvió un episodio memorable para su esposa y sus hijos. Tres carruajes, dos decenas de caballos y sobre ellos lo poco y lo mucho que el Señor le había otorgado, algunos bienes materiales y su querida familia. Cuando Juan Elías y Constancia se casaron pensaron que doce hijos sería un buen número [...] y estos fueron llegando. Elena, en 1899, Emilio, en 1901, Pedro, en 1902, Paula, en 1904, Enrique, en 1905, Margarita, en 1907, Alina, en 1909, Lelia, en 1911, Alda, en 1913, Benoní, en 1917, Esli, en 1918 e Inés, en 1922. Siete de ellos viven. Han caminado largamente con Dios y dan un feliz testimonio de la bondad inmensa del Señor.
Los años de Juan Elías dentro del movimiento adventista fueron pocos y su testimonio siempre le pareció insignificante. En 1915 había comenzado a guardar el sábado, en 1917 ya enseñaba en la escuela sabática organizada en su propia casa de campo y en 1918 fue bautizado junto a sus hijos mayores. Un papel amarillo de 1919, escrito con pulcritud, contiene un relato y un mensaje dirigido a dos de sus hijos espirituales que estudiaban en el Colegio Adventista del Plata, en la Argentina. Decía en su carta: “El gozo más grande para mí es saber que están gozando en el Señor y resueltos a consagrar sus jóvenes vidas y los talentos que Dios les concedió a la proclamación del último mensaje de salvación que Dios, en su amor, envía a esta humanidad perdida [...] No tengo mucho que deciros de nuestra vida temporal aquí en Guichón. El tiempo nos trató bastante mal, desde nuestra llegada ha llovido muchísimo. Empleamos un mes para levantar un ranchito donde pudiesen abrigarse los tres muchachos que quedaron en el campo desde el principio. Ahora el tiempo parece haberse arreglado, hemos podido adelantar un poco, y Dios mediante pensamos mudarnos al campo, porque sabrán que vivimos en una casa que alquilamos en el pueblo. También empezamos a romper tierra para plantar maíz. No tengo mucha relación aún con los habitantes de Guichón [...] No he podido, o quizá, sabido hacer mucho entre ellos para el Señor. Hemos esparcido algunos ejemplares de El atalaya y tratados, y creo que Dios abrirá aquí también una puerta”.
El legado de la fe
Que la puerta se abrió es evidente, porque su familia y las de otros hermanos fundaron la iglesia adventista del lugar. Pero su sueño de vivir en el campo con su esposa, su madre y sus doce hijos no se concretó. Sus fuerzas físicas estaban agotadas por el exceso de trabajo y los cuidados familiares.
Su hija Alda narra el momento final: “Con toda su confianza depositada en el bondadoso Padre Celestial, el 12 de julio de 1923, día en que Inesita cumplía su primer año de vida, nos llamó a todos junto a su lecho de dolor para dar las últimas instrucciones y recomendaciones, y despedirse de todos hasta el glorioso día de la resurrección [...] Luego nos abrazó y besó a todos, dando aún a cada uno por separado su último consejo y amonestación. Recuerdo que a mí, que tenía diez años me dijo que fuera buena, y citó Apocalipsis 2:10, la última parte: ‘Sé fiel hasta la muerte y Dios te dará la corona de la vida’, texto que nunca he podido leer o repetir desde entonces sin sentir en mí el vivo deseo de que así sea.
“Después de despedirse de todos los presentes, entonó las estrofas de un himno que está en los antiguos himnarios adventistas. Cantó la primera parte de la primera estrofa y la segunda parte de la última estrofa que dicen: Sobre nubes refulgentes, vendrá nuestro Salvador. Con poderes sorprendentes de ángeles en derredor [...] Y ascendamos todos juntos, hasta el trono del Señor. Aleluya, aleluya. Ven del cielo, oh Señor.
“Pidió luego al hermano Miguel Dreher que elevara una oración a Dios [...] y rogó a David Plenc, su futuro yerno, que leyera junto a su tumba las promesas gloriosas de la resurrección para que fueran un testimonio ante los presentes de su plena confianza en Dios”.
Sólo sé de Juan Elías lo que cuenta su familia y lo que se lee en los apuntes de sus hijos. Pero de a ratos lo imagino otro Jacob, dejando su tierra en busca de algo mejor, y como el patriarca, reunió a sus hijos y habló con ellos. Sus últimas palabras quedaron registradas en un diario familiar:
“Escuchadme [...] No frecuentéis jamás las malas compañías ni el placer del mundo. Leed vuestra Biblia al levantaros. Elevad vuestro corazón a Dios en una oración secreta. Por la noche haced culto como tenemos la costumbre. Los sábados haced la Escuela Sabática como es de costumbre. Haced la voluntad de Dios. Seguid sus leyes y mandamientos. ¿Me lo prometéis todos? -Sí papá, fue la respuesta. Luego añadió: Y tu Constanza, ¿me prometes andar en las leyes de Dios como tu mamá? -Sí, fue la respuesta. Después dijo: Haced todos los negocios justos. No hagáis perder a nadie ni un sólo centavo. ¿Me lo prometéis? Sí papá, fue la respuesta. A mi no me falta nada, venid y besadme todos. Descansó unos momentos y cantó [...] Dio sus últimos recomendaciones [...] y cerró sus ojos con la esperanza de la venida del Señor y del glorioso momento de la resurrección”.
Considero que existe un legado perdurable en esta vida humilde y sacrificada. Creo que la herencia recibida por sus hijos no debe olvidarse. No fue un legado de fuerza física, sino de profunda convicción espiritual. No de abundancia de pan y de bienes temporales, sino del amor por aquellas reuniones nocturnas en que se leía la Biblia y se rogaba la protección divina en torno de la larga mesa que él mismo había fabricado. No del color de sus ojos, sino de la claridad de su fe y de la transparencia de sus actos. Como aquel sábado de mañana cuando Elena narró su propia vivencia y la de los suyos, sigo pensando que esta antigua historia es todavía digna de contarse.
Está historia fue hermosamente contada hace años por Robert G. Wearner en su artículo “Elena G. de White y el pequeño Elías”, Revista adventista, Febrero 1981, 4-6.
Ellos son su hijo Benoní I. Cayrus, sus nietos Rubén E. Cayrus, Eduardo Cayrus y Juan M. Cayrus, sus bisnietos Daniel O. Plenc, Osvaldo R. Cayrus, J. Horacio Cayrus, su tataranieto Arturo E. Caballero, dos nietos políticos Hernando Slekis y Humberto M. Rasi y dos bisnietos políticos Guillermo E. Biaggi y Héctor Gelhorn.
El pastor Juan Plenc
El hermano José Cairus (al parecer no eran parientes), padre del pastor Humberto Cairus y abuelo del pastor Aecio E. Cairus. Escribió desde Filipinas el Dr. Aecio Cairus: “Don Elías convenció a mi abuelo de la verdad del sábado allá por 1918. Él y su familia, incluyendo mi padre que por entonces tenía doce años, fueron bautizados en 1920”.
Varios de ellos han conservado diarios personales y Alda Cayrus de Geisse escribió cuatro folletos de memorias familiares llamados RECORDANDO. Hace poco tiempo Haroldo A. Martigani Cayrus y Aurora H. de Martigani compilaron y editaron estos materiales en su Recordando... Un viaje hacia nuestra raíces.
“Una iglesia de campo” – parte I
Guichón, Uruguay , 1923-1953
(Daniel O. Plenc – febrero 2007)
La mañana del domingo 28 de enero de 2007 se presentaba espléndida. Ese día ocurriría una nueva edición de la histórica reunión de la familia Cayrus, junto al arroyo Santana en la Colonia Pintos Viana, a poco más de diez kilómetros de Guichón. El paisaje campestre lucía verde, profundo, infinito. El silencio, sólo interrumpido por el canto de las cotorras y otras aves desde las ramas de los eucaliptos, invitaba a la paz del espíritu. Una brisa incesante ofrecía su alivio en ese día de verano. En medio de ese paraje bucólico se erguía la capilla, a cuyos archivos había decidido acudir en procura de registros que permitieran reconstruir la historia de la iglesia.
Me senté en uno de los bancos de la escuela de otro tiempo, observé las fotografías, tomé nota de las inscripciones y supe que aquel era un lugar especial. Una fotografía de 1924 mostraba a un grupo de alumnos y de miembros de la iglesia. Del mismo año es el retrato de otras personas, entre ellas algunas mujeres vestidas de luto, tal vez por el fallecimiento de Juan Elías Cayrus. Otra fotografía expone a tres líderes de la iglesia en 1926, los pastores Soto y Krieghoff, elegantemente sentados en un carro liviano y en un caballo, el hermano Juan Emilio Cayrus.
La Escuela Sabática
La iglesia conserva libros de registros desde sus inicios en 1923. El humilde grupo de creyentes, de unas pocas familias rurales, había dado origen a una Escuela Sabática, luego a una iglesia y a una escuela confesional. En las manos de la Providencia esas instituciones habrían de afirmar la fe de los creyentes, algunos de los cuales han servido ampliamente a la causa del adventismo sudamericano. Serían también agentes en la evangelización de esa amplia zona rural del Departamento Paysandú, en la República Oriental del Uruguay.
La Escuela Sabática se organiza el 6 de noviembre de 1923, por sugerencia del pastor Carlos E. Krieghoff, entonces presidente de la Misión Uruguaya de la Iglesia Adventista del Séptimo Día. La propuesta fue aceptada con gusto por los 30 asistentes a la reunión. Una comisión de nombramientos integrada por los hermanos Eumen Racovsky, Miguel Dreher y Juan Emilio Cayrus fue la encargada de presentar a la asamblea una propuesta de sus oficiales y maestros. Se autorizó también el funcionamiento de una clase de menores. En los años siguientes se agregarían nuevas clases para los niños más pequeños y también una clase para jóvenes. Antes del cierre de aquella primera reunión organizadora, se dieron instrucciones oportunas acerca del propósito redentor y misionero de la Escuela Sabática.
Así fue que la Escuela Sabática dio comienzo formal el sábado 10 de noviembre de 1923, con un himno y la oración del director. El misionero trimestral que hablaba acerca de la obra adventista en la Unión Incaica fue leído por Paulina Cayrus. Diez adultos y cuatro menores se inscriben en las clases. El repaso de la lección fue dirigido por David Plenc y la lección del día, que trataba acerca del amor, fue conducido por la maestra recientemente designada, Elena Cayrus. Se concluye con otro himno y la oración de la maestra. En el futuro se habrían de tomar decisiones adicionales. Se pensó que lo mejor era celebrar la Escuela Sabática en diferentes lugares, en casa de la familia Cayrus en Guichón, en el casco de la antigua estancia Santa Isabel que Juan Elías Cayrus había adquirido, en casa de Eumen Racovsky o de Miguel Dreher, entre otros. Las ofrendas se recogían primero en forma trimestral y luego semanalmente. El horario de inicio, necesariamente flexible, también fue cambiando.
Hubo modificaciones y diferencias de criterio, pero las reuniones de la Escuela Sabática no cesaron. Aquellos encuentros incluían alabanzas, oraciones, estudio de la Biblia e instrucción misionera. Los himnos formaban una parte significativa de la sencilla liturgia. Puede leerse en los cuadernillos de recuerdos de la familia Cayrus que las primeras reuniones religiosas habían consistido a menudo solamente en la entonación de himnos, en español o en ruso. El libro de actas consigna los títulos de unos 60 himnos diferentes que se entonaron durante el primer año de reuniones. La participación del reducido grupo era necesariamente activa. Apellidos como Cayrus, Dreher, Plenc, Racovsky y otros se repiten en los informes. Estos primeros miembros, algunos de ellos jóvenes no bautizados, leían los informes misioneros y enseñaban las Escrituras.
Existían secciones fijas en la Escuela Sabática que diferían un poco de las actuales. El informe misionero mundial eran infaltable, lo mismo que la tabla comparativa con sus blancos de ofrendas misioneras. Las ofrendas del décimo tercer sábado y de cumpleaños estaban destinadas al campo mundial. Se hacía un repaso de la lección de la semana anterior y se desarrollaba la del día. La persona encargada de la secretaría debía leer el informe del sábado anterior y someterlo a votación. Generalmente era aprobado, pero había posibilidades de hacer observaciones y enmiendas. El décimo tercer sábado era un día especial, que ofrecía a los niños y jóvenes oportunidad de participar. Se realizaban diálogos, se presentaban himnos especiales y se recitaban poesías. Pareciera que se aprovechaba esa circunstancia para realizar una recapitulación de la lección de todo el trimestre.
Los asistentes, entre miembros y visitas, no eran muchos. Al comienzo se daban cita entre doce y veintiséis miembros, al igual que un número muy variable de visitantes. El clima y la visita de algún pastor solían influir en la afluencia de personas al lugar de reunión. Sin embargo, el objetivo misionero de la Escuela Sabática era claro y el crecimiento era inevitable. En mayo de 1924 ya había personas deseosas de ser bautizadas en el arroyo cercano.
Se organiza la Iglesia
No fueron pocos, de cerca y de lejos, los que hicieron su parte para que la Escuela Sabática fuera transformándose en una iglesia. Cuando llegaban visitantes, seguramente tenían participación en los cultos. Los obreros adventistas que venían de Paysandú o de Montevideo dirigían cultos, la Cena del Señor y los bautismos, además de presidir los nombramientos de los nuevos oficiales. La celebración de la Santa Cena daba ocasión para la reflexión bíblica y para que los hermanos compartieran su testimonio. Con cierta regularidad se acercaban otros miembros de la Misión, como su tesorero, el pastor Ner Soto Garrido, o los directores de departamentos. Los pastores del distrito de Paysandú, como A. R. Sherman, eran visitantes frecuentes. Los nombres de muchos de estos misioneros han permanecido en el recuerdo de los creyentes. Los libros muestran nombres como los de José Replogle, J. M. Howell, Marcelo Pidoux, Humberto Cairus, Walter Brown, Adolfo Lista, Héctor Pereyra, Jorge Iuorno, Santiago Bernhardt, Alfredo Aeschlimann, Daniel Nestares, Alfredo Bellido de la Fuente, Carlos Polischuk y otros. Los presidentes de la Misión Uruguaya mencionados en esos años fueron C. E. Krieghoff, Pedro M. Brouchy, Enrique Westhpal, Niels Wensell y Juan Riffel.
El tiempo había llegado para que los hermanos discutieran la posibilidad de organizar una iglesia. Se nombraron los primeros oficiales, según el siguiente listado. Anciano y director misionero: Miguel Dreher, diácono: Eumen Racovsky, diaconisa: Constancia Davit de Cayrus, secretario: Juan Emilio Cayrus, tesorero: Carlos Racovsky, secretaria misionera: Elena Cayrus de Plenc, director de jóvenes: David Plenc. Se da continuidad a una clase de Escuela Sabática en ruso y otra en castellano. Carlos Racovsky se transforma en maestro para la clase en ruso y Pedro Cayrus para la clase en castellano.
El libro de actas de la iglesia dice textualmente: “El día 11 de mayo de 1924 se reunieron en la casa de la familia Cayrus los hermanos [...] que viven en la Colonia Pintos Viana, cerca de Guichón, Departamento Paysandú y los pastores A. R. Sherman y C. E. Krieghoff, el último en su calidad de superintendente de la Misión Uruguaya de los Adventistas del Séptimo Día. Los hermanos acordaron unánimemente organizarse en una iglesia, la cual llevaría el nombre de Iglesia Adventista de Guichón”. En ese día se celebraron las “ordenanzas del Señor” con la participación de todos. Escribió el secretario: “El Señor se hizo sentir muy cerca de nosotros”.
El núcleo primitivo de la iglesia recién organizada estuvo integrado por los hermanos Miguel Dreher, Ernestina de Dreher, David Plenc, Elena Cayrus de Plenc, Juan Emilio Cayrus y Pedro Cayrus. Los hermanos que pertenecían a la iglesia de la Misión podían elegir solicitar su carta de traslado a la nueva iglesia. Además se recibió a los hermanos bautizados el día anterior: María Fontana de Cayrus, Constancia Davit de Cayrus, Paulina Cayrus, Pablo Enrique Cayrus, Margarita Cayrus, Alina Berta Cayrus, Emilia Dreher y Juan Racovsky. La iglesia acepta también a los matrimonios rusos Eumen y Matilde Racovsky, Carlos y Natalia Racovsky, que habían sido bautizados con anterioridad.
Limitaciones y desarrollo
La membresía de la iglesia creció con los años, con nuevos bautismos y cartas de traslado. Los niños crecían y se comprometían con el Señor y también nuevas personas se acercaban a la iglesia deseando pertenecer a ella por medio del bautismo o la profesión de fe. También hubo hermanos que dejaron la iglesia y se alejaron de ella por razones doctrinales o particulares. Se dice que en la reunión del primer sábado de enero de 1925 algunos hermanos se sintieron obligados a retirarse “para evitar más disgustos en el día del Señor”. Otros simplemente fueron a vivir a otros lugares. Para 1941 la iglesia contaba con 58 miembros en lista.
Los oficiales de la iglesia se renovaban anualmente. En los primeros 30 años la iglesia contó con los siguientes oficiales:
El proyecto de la construcción de la capilla de Colonia Pintos Viana fue muy significativo y desafiante. En 1936 se inicia la recolección de fondos y se nombra una comisión para la búsqueda de un terreno. El acta de la construcción de la capilla dice que los planes concretos se trazaron a fines de 1939 y que Günther Geisse y su esposa Alda Cayrus donaron el terreno. Los Hnos. Cayrus donaron ladrillos, la Misión dio algunos materiales usados y el Pr. Brouchy trabajó como carpintero para arreglar puertas y ventanas. Hermanos y vecinos realizaron otras donaciones. La capilla cuenta con una nave de seis por diez metros y una pieza contigua de tres y medio por seis metros. La inauguración ocurrió el 23 de marzo de 1940, con la presencia del pastor Pedro M. Brouchy y hermanos de Paysandú. El humilde recinto reemplazó a las casas de familia para las reuniones de la iglesia.
Una decisión fundamental fue el establecimiento de una escuela de iglesia. El pastor Mario Rasi dirige las deliberaciones en septiembre de 1944. El estudio previo mostraba la existencia en el área de unos quince niños en edad escolar, aunque llegó a tener más de veinte en los años que siguieron. La pieza contigua sirvió como sala de clases para la Escuela Primaria Adventista “José Pedro Varela” que funcionaba en dos turnos, con un solo docente. Juan Emilio Cayrus donó sillas y Paulina Cayrus prestó una mesa. Algunas mejoras debían hacerse, como un aljibe y dos servicios sanitarios. Nuevas sillas y mesas se trajeron de Paysandú. El mobiliario que hoy puede observarse no podría ser más austero. Un pizarrón, siete bancos, una pequeña biblioteca y un par de armarios. Pero los recursos humanos, colocados en las manos de Dios, hicieron la diferencia. La Junta de la Iglesia pidió a la Misión Uruguaya el envío de un maestro, y para febrero de 1945 ya estaba presente el hermano Ataídes Luz. Miembros y vecinos comenzaron a enviar a sus niños a la escuela de la iglesia. Josefa Ramos se incorpora a la escuela en 1947. En 1950 llega Yolanda Kalbermatter. Los antiguos hermanos de la zona tienen memoria de aquellos maestros cristianos, a los que se sumaron posteriormente Armando Morais, Delia Cayrus de Gerber, Edwin Mayer y María de los Ángeles de Cayrus.
En la flamante capilla se reunían los colonos creyentes para adorar a Dios y de tanto en tanto para ser testigos del surgimiento de nuevos hogares cristianos. El 15 de octubre de 1941 se pide la bendición de Dios sobre el matrimonio de Inés Cayrus y Héctor L. Martigani. El 11 de julio de 1945, unen sus vidas Rita Inés Cayrus y Jaime A. Caballero, con la bendición del pastor Mario Rasi y la presentación de un canto especial por parte de Ataídes Luz y Olga Dreher. El 9 de enero de 1946, el pastor Rasi oficia en la boda de Olga Dreher y Ricardo Benech, de Nueva Helvecia. El 2 de enero de 1952, el pastor José Tabuenca conduce la ceremonia de casamiento de María Ester Cayrus y Ataídes Luz.
El desafío de crecer y perdurar
El pueblo de Guichón fue desde el comienzo un importante objetivo misionero. En 1936 se habla de una campaña de evangelización en esa localidad. En 1941, se informa de la presencia de hermanos e interesados en la “Colonia Juncal” y se planifican conferencias evangelizadoras breves en ese lugar. Los oficiales de iglesia deben repartirse entre la Colonia y el pueblo de Guichón. En los años posteriores se concretan diversos planes de visitación de estos hermanos.
En mayo de 1943 se celebra un congreso regional en la iglesia de Guichón con la presencia de los pastores Enrique Westphal, Mario Rasi, Marcelo Pidoux y Santiago Mangold, los que posteriormente llevaron a cabo una serie de conferencias evangelizadoras en el pueblo. Los hermanos e interesados se reúnen en un local alquilado y posteriormente en casa de Juan Emilio Cayrus. En el año 1945 se habla del grupo de Guichón y Juncal, bajo la dirección del hermano Pedro Cayrus. En las elecciones de 1947 se designan oficiales para la Colonia Juncal. A fines de 1952 los hermanos del campo solicitan a la Misión Uruguaya que se haga cargo de los miembros de Guichón como una congregación independiente. Para 1953 el hermano Juan Emilio Cayrus era el director del grupo que se reunía en su casa.
Muchos de los nombres fundadores de la iglesia en la Colonia Pintos Viana se repiten en los registros a lo largo de los años. Como ha ocurrido con muchas áreas rurales, la iglesia allí ha sufrido la emigración de parte de sus miembros. Personas que dieron sus primeros pasos en la iglesia y la escuela de Guichón se trasladaron a diversos lugares en busca de nuevas oportunidades de estudio, trabajo y servicio. Cuando se tomó asistencia en la Escuela Sabática del sábado 27 de enero de 2007, los apellidos mencionados fueron Cayrus, Garbarino, Kirichenko, Kosiak, Presentado, Pereyra y Vidal.
La iglesia de Colonia Pintos Viana sigue existiendo, conciente de sus raíces y de su misión de preparar misioneros y obreros laicos capaces de ofrecer al mundo un mensaje de esperanza. En 2004 se celebraron los 80 años de su fundación, momento propicio para recordar que la fe bíblica perdura y da frutos de vida eterna en los corazones sinceros.
Recorro una vez más el pequeño recinto vacío del templo. Los ecos del hermoso culto del día anterior se han apagado. Miro los pizarrones, los pupitres y los libros que ya no se usan para la escuela de iglesia. Observo otra vez a aquellos hombres, mujeres y niños de las fotografías, excesivamente formales para ese ambiente rural y renuevo mi decisión de permanecer en las filas de aquellos que con entrega y autenticidad iniciaron un camino de fidelidad y compromiso con la misión.
|
|
Manuscrito del himno firmado por el abuelo Elías