w w w . c o n o z c a p u i g g a r i . c o m . a r / l o s c a y r u s - d a v i t
... Un lugar en el que se mezclan armoniosamente Historia, Actualidad y Sentimientos

Costumbres de aquellos días...

Las primitivas y sencillas vidas de las familias Cairus y Davit en aquellas fuertes casas de piedra situadas en Torre Pellice (Italia), se deslizaba sin grandes cambios... En los meses de verano (de abril a septiembre) era la época en que se llevaban los animales a pastar a la montaña: ovejas, cabras y un hato de vacas. Este trabajo le correspondía a los más jóvenes de la familia, y muchas veces Constancia contaba cómo iban a la montaña y allí comían, dormían  y se entretenían mientras cuidaban -casi como en los tiempos bíblicos en las llanuras de Belén- a las ovejas y cabras con sus crías y un poco más abajo en la ladera de la montaña, las vacas y otros animales. Cada ovejita, cada cabra, cada animalito tenía su nombre y su historia:  que esta cabra daba mejor leche, que aquella oveja tenía mejor lana... y bajo el límpido y azul cielo italiano, pasaban las horas y los días fortaleciendo su fe en Dios, observando la naturaleza y robusteciendo los cuerpos al contacto con el aire puro de las montañas. En invierno bajaban al valle, y entonces, calzados con rústicos zuecos y abrigos de lana hilados en casa, los menores asistían a la escuela, aprendiendo las primeras letras y números que todos recitaban en coro, seguidas de algunas lecciones bíblicas y doctrinas valdenses.  Los mayores quedaban en casa con mil y una ocupaciones; y en las largas nevadas invernales se podía ver desde la niña hasta la abuela con sus ruecas en la cintura y una agilidad indescriptible, hacer girar el huso que iba transformando la blanca lana en hilo, que pronto pasaba por el telar o por las agujas de tejer... mientras  los hombres preparaban nuevos husos y ruecas o fabricaban zuecos y objetos variados de permanente uso en el hogar.

 

Cuando llega el amor, llega para quedarse!

A medida que pasaban los años, los niños se transformaron en jóvenes y éstos en mayores... nunca faltaban las reuniones sociales con charlas y divertidos juegos donde se formaban amistades que terminaban en noviazgo y matrimonio.   Y así sucedió que en un juego en el que cada uno tenía el nombre de un árbol o una flor,  se formó la pareja de Juan Elías que se llamaba “tupinambur”, con Constancia que llevaba el nombre de “rosa alpina”, nombre que no sólo representaba a la joven sino que reflejaba su carácter, su dulzura y decisión, de tal manera que quedaron prendados desde ese momento el uno del otro. Por cierto que en el camino que se proponían recorrer juntos había rosas, pero también encontrarían espinas, y así como la ráfaga juguetona se lleva los pétalos dejando al descubierto las puntas espinosas, ese feliz compañerismo se vio amargado pues Juan Elías decidió viajar hasta París. Había terminado los estudios en el liceo y quería conocer más allá de las montañas... Ni él ni su hermano ambicionaban ser pastores valdenses, a pesar de los deseos paternos;  ansiosos de vida y aventuras decidieron alejarse de los Alpes Piamonteses cruzando la frontera con Francia. Estuvieron algún tiempo en Marsella y luego se dirigieron a París.  Poco sabemos de lo que hicieron en la populosa “ciudad de las luces”, pero en una ocasión en que Juan Elías le escribió a Constanza contándole que había tenido la oportunidad de ver al Zar y a la Zarina de Rusia en una visita que éstos hicieran a París, dejó escrito poéticamente que “... ni la Zarina cubierta de joyas podía compararse con su bella amada”.

 

Del Piamonte a Montevideo

Juan Elías, Constanza y la pequeña María Elena partieron desde Génova en el mes de septiembre del 1900, llegando al puerto de Montevideo el día 9 de octubre . No sabían hablar español... en sus hogares paternos siempre se habló en italiano, en francés y en “patuá” (dialecto valdense), pero lograron que los lugareños les indicaran cómo podían hacer para llegar hasta la colonia de los valdenses en el departamento de Colonia.   En aquellos años los emigrantes que llegaban a Montevideo y querían viajar a otros puertos pequeños, podían quedarse en el barco hasta que hubiera viento favorable... pues esa condición climática era necesaria para que un pequeño barco a vela pudiera hacerse a la mar. Quienes no hacían caso a esta advertencia se volvían víctimas del viento y en ocasiones pasaban de 8 a 10 días “flotando” hasta llegar al Puerto de Rosario, pues el viento contrario no los dejaba avanzar... ¡Juan Elías y su pequeña familia tuvieron mucha suerte! pues a la mañana siguiente de su llegada a Montevideo el capitán del barco gritó: “¡¡viento favorable!!!” y esa misma tarde arribaron al Puerto Rosario, donde la familia Negrín -tíos y primos de Constancia, que ya habían recibido la noticia del viaje- atisbaban las aguas del Río de la Plata para divisar la embarcación que traía a tierras tan lejanas a la joven familia.

 

Un maestro pionero

Al notar que no había ninguna escuela en los alrededores y por eso los niños y jovencitos no recibían educación,  con la ayuda del pastor Armand Ugón Elías estableció en Colonia Valdense una de las 9 escuelas que sostenía la iglesia valdense en Uruguay.   Trabajó en ella con verdadero espíritu de sacrificio pues además de preparar y dictar las clases debía atender la chacra y cada día viajar en carricoche o “charrete” hasta la capilla: lugar en el que se convocaban 27 o más niños (entre ellos tres de sus hijos), que diariamente acudían al aula en carro, a caballo o a pie.   Además de maestro, los domingos era el director de la escuela dominical, director de canto y profesor de catecismo.

De esta escuela aún se conserva parte del edificio;  encontramos allí hoy instaurado el Museo Valdense.

 

 “...y esta cuerdita ¿dónde va?...”

Un día domingo extraordinariamente hermoso, mamá Constanza decidió ir a pasear. Papá Elías no estaba en casa así que ella se dirigió al campo, buscó 2 caballos y los prendió a la jardinera (carro liviano de 4 ruedas con llantas de hierro)...pero había un pequeño problemita: no sabía colocar acertadamente los arreos. ¿Qué hacer con todas esas correas y cuerdas?... sabía colocar las pecheras y los tiros pero... ¿dónde iban las riendas?.  Al fin decidió atarlas a unas argollas que sobresalían de las pecheras, entendiendo que los llamados frenos eran solamente para que los caballos no se distrajeran mirando hacia los costados... Por supuesto que las tiras de los frenos, atadas a las pecheras, ¡de nada servían!, pero aquellos 2 caballos eran tan mansos que, tan pronto como Constanza y los chicos ubicaron convenientemente en los asientos de la jardinera, la dueña de casa lanzó un potente “iuuu”... (grito característico para que marchen los caballos) y los dóciles equinos salieron al trotecito hacia la casa del vecino, sin que nadie los guiara.  Al encontrarse con el vecino, éste miró extrañadísimo los arreos sin entender cómo Constancia había prendido a los caballos, cómo hacía para conducirlos con las riendas atadas a unas inútiles argollas... ¡y mucho menos cómo habían hecho para realizar el paseo sin inconvenientes!

 

...de campos arados y otras ciencias

Resulta que por aquellas épocas había que arar con arados de mancera ... pero frecuentemente faltaban animales de tiro.  Como más vale maña que fuerza, no solo habían amansado un buey, sino que también una vaca había recibido las apropiadas instrucciones para ser una experta aradora... y años más tarde se unión al equipo de trabajo un fornido toro.  Aunque Emilio y Pedro tenían apenas edad como para estar jugando ¡eran los aradores indiscutidos!, y debido a su escasa estatura prácticamente iban colgando de la mancera... pero el trabajo seguía y todo se lograba ... Eso sí, la “técnica de la arada” que implementaban los 2 expertos no siempre coincidía con los usos y costumbres del resto de los criollos... pero que se hacía, ¡se hacía!.

 

 “El ángel de Jehová acampa...”

En cierta ocasión una tropilla de caballos se acercaba a todo galope hacia el corral y... sentado en el suelo, justamente en la puerta de ese corral, uno de los chiquitos estaba juntando piedritas con su manito regordeta y totalmente inocente al peligro mortal que corría.  Mamá Constanza levantó la vista y se encontró con el espantoso cuadro de su hijito en el suelo y la tropilla a punto de arrollarlo... pero estaba a varios metros de distancia y ¡nada podía hacer que resultara de utilidad!...  sólo atinó a dar un grito y taparse la cara con el delantal para no ver lo que estaba por ocurrir... pero nada pasó. En esa fracción de segundo, todos los caballos desviaron hacia un costado y el niño siguió jugando casi sin percatarse de nada.  Una vez más se cumplió el Salmo 34:7 “El ángel de Jehová acampa alrededor de los que le temen, y los defiende”.

 

¡Arquitectos y Constructores eran los de antes!

Hacia 1909 se colonizaba la estancia “El Miguelete” con fracciones de 100 cuadras... Elías se anotó como comprador de una fracción de estas buenas tierras; pero lo cierto es que era “solo campo”: hubo que colocar alambrados, hacer algún galpón..... y por supuesto, las viviendas.

Estas viviendas eran ranchos de paja y terrón. Para hacer esos terrones, se cortaban panes de tierra con buena gramilla de unos 40 centímetros de largo (que formaba el grosor de la pared) y unos 20  centímetros de ancho y otros 20 centímetros de profundidad... Se los colocaba unos sobre otros con el pasto hacia abajo, como si fueran bloques de cemento.   Estos ranchos, luego embarrados, blanqueados y techados con paja, quedaban fuertes y resistentes; bien abrigados en invierno y fresquitos en verano.

 

Un niñito con nombres extraños

Hacía tan sólo pocos meses que Elías había sido recibido como miembro de la iglesia adventista. Su bautismo, juntamente con don David Salomón, Elena y Emilio, se había efectuado el 27 de septiembre de 1918 en las tranquilas aguas del río San Salvador. Pocos días antes había nacido el undécimo hijo, a quien decidieron poner un nombre poco común: Esli Eber (Lito). Cuando fueron a anotar al nuevo integrante de la familia, ese nombre despertó la curiosidad del juez, ¿dónde habían encontrado esos nombres...?. Por increíble que parezca, al enterarse de que eran nombres bíblicos se interesó aún más... y esta curiosidad dio lugar a un interesante y largo estudio bíblico.

 

A pasitos de Paysandú

Elías hizo varios viajes a Paysandú, pues  Carlos Racowski había quedado encargado de hacer algunas averiguaciones sobre ciertas fracciones de campo situadas a unos 40 Km. al norte de Paysandú.

Parte de este viaje fue contado por él mismo de esta manera: “Viajo en diligencia desde Fray Bentos hasta Paysandú, en donde al día siguiente vamos en tren hasta Porvenir, donde encontramos al hermano Carlos Racowski, quien nos lleva hasta la estancia “Los Paraísos”, el día siguiente tenemos una hermosa escuela sabática con cerca de 40 hermanos rusos. Durante toda la semana siguiente lo pasamos en idas y vueltas, con los hermanos Sicalo y Fidel Gordienko, pues ellos también están procurando encontrar nuevos campos de trabajo”. De esta manera se pasa casi 15 días, al fin de los cuales no hay nada en concreto, pero vuelve a Miguelete dejando encargado que le avisen cualquier novedad.

En marzo de 1919, decide hacer por tercera vez el viaje a Paysandú, ésta vez con mejores resultados. Los hermanos Racowski habían conseguido campo y Elías describe así la mudanza: “Sábado 15 de marzo de 1919: pasamos el día en casa del Hno. Stoletni.  Después de la puesta del sol, habiéndome avisado el comisario de esa sección que tenía algo para mí voy a su oficina. Me propone un campo, pero como era para vender, no me arreglo. Vuelvo a lo de Racowski y esa noche cargamos y extra-cargamos el carro. Salimos temprano en el carro ruso y nos colocamos como podemos en esa “jaula”, 10 personas en total... unos verdaderos “Zíngaros” (gitanos), pero... no bien habíamos hecho unas pocas cuadras oímos un ruido extraño... Me bajo y... ¿qué era?... Los elásticos de nuestro vehículo en lugar de doblar hacia arriba, miraban al suelo. Temiendo que se rompiera el carro, nos apeamos siguiendo a pie nuestra marcha aventurera, mientras el cochero llega hasta la casa del Hno. Stoletni donde deja parte de su cargamento...Después de haber caminado unas tres leguas (15 km.) vemos que la “jaula” asoma en la cuchilla. Esperamos y nos enjaulamos otra vez en el carro y como a poca distancia empezó la carretera no envidiábamos auto ninguno, pues nos deslizábamos a toda presión en medio de las demostraciones y aclamaciones de la gente, quienes seguramente creían en la resurrección del Carnaval que había sido enterrado el domingo pasado. ...Pero llegó la hora de dejar el carro del triunfo pues bajo en Paysandú. Esa noche me encuentro con el Hno. José Remplogle, colportor”.

 

La caravana de la esperanza

Con la vista puesta en Guichón, la familia completa partió el 16 de mayo de 1919 muy tempranito... Los viajeros habían formado una caravana: adelante iba una “jardinera” con 4 caballos guiada por papá Elías; en ella iban abuelita María (gran-mamá), mamá Constancia, las hijas mujeres y los dos niños más pequeños: Benoní de 2 años y Lito de solo 9 meses.   Además de la jardinera con la familia, iba un carro grande, también de 4 ruedas de hierro, más fuerte, más pesado, llevando toda la mudanza: camas, mesas, bancos, en fin, todos los enseres de la familia, el cual era guiado por Emilio (el hijo mayor) acompañado por Enrique, muchacho de 14 años. Cerraba la marcha un “charrete” con 3 caballos guiados por don Manuel Geymonat, viejo y solterón, que llevando todos sus enseres decidió probar suerte al norte del Río Negro, y por ser compatriota valdense aprovechó la oportunidad de ir acompañado por la familia Cayrus. Para completar la caravana iba el otro hermano, Pedro, arreando la tropilla de 12 a 15 caballos sueltos que servían de repuesto al que se cansaba. No era extraño que en muchos lugares nos confundieran con gitanos...

En ese entonces, la tía Alda (autora del Libro “Recordando”, publicación de la cual se extraen los principales datos históricos y documentales de la familia) contaba con 6 años y ella misma nos cuenta: “Era una aventura de las más estupendas, la que se presentaba en nuestra vida. En mi recuerdo infantil no puedo olvidar cómo, en la madrugada de ese día, llevaba debajo de mi abrigo, muy apretada contra mi cuerpo, la muñeca de trapo que me habían regalado mis padrinos: los Pilón, y que al pasar por la casa de ellos, ya de paso para el último adiós, mi padrino me dijo que la cuidara mucho...”

El viaje fue lento... al trotecito de los caballos... Luego al medio día se desprendía los caballos para dejarlos pastar, preparar nuestra propia comida, y cambiando los caballos para seguir hasta el anochecer buscando un lugar donde acampar y pasar la noche. Nueve largos días con sus noches, duró el éxodo, sorprendiéndolos muchas veces tormentas y chaparrones que los dejaban empapados y con frío...  La tía Alda continúa su relato: “... En algunas estancias éramos tratados con mucha amabilidad, como recuerdo el caso de una estancia de “don Andrés’, entre Drable y Risso, en el departamento de Soriano, donde nos permitieron dormir en un muy buen galpón, y a los chicos nos llevaron hasta los edificios de la estancia para que viéramos los juguetes de las niñas... ¡esa profusión de muñecas de todo tamaño! Pelotas... muebles pequeños... que nos hacían abrir enormemente los ojos como si estuviéramos en un país de hadas... y recuerdo que, a la mañana siguiente, cuando nos preparábamos para continuar el viaje, nos colmaron de cosas para comer... creo que eran boniatos (batatas o camotes) asados al horno, maníes... de los que bien supimos dar cuenta. Pero no todo era hospitalidad. Poco después en una estancia del mismo departamento, nos echaron los perros y nos prohibieron que atravesáramos sus campos para acortar camino y desviar un pantano.

 

....´taban lindas las muchachas!

Esta es una anécdota contada muchas veces por los mayores (así que debe ser cierta!):

En medio de la “caravana rumbo a Guichón”, al llegar a cierto establecimiento grande, el capataz les dio hospedaje ... y sin mayores problemas la familia se preparó para la cena y el descanso... pero resulta que algunas horitas más tarde regresó “la peonada”:  uno 12 peones mozos que se “alborotaron” al ver tanta muchacha bonita y enseguida planearon armar un baile... con tan mala suerte que papá Elías escuchó los comentarios que hacían:  “la rubia es para mí”...”yo me quedo con la morocha”... Lo cierto es que frente a esa perspectiva, y a pesar de ser ya tarde, Elías decidió nuevamente prender los caballos y seguir un poco más lejos para pasar una noche tranquila, aunque fuera a la vera del camino y bajo el cielo estrellado.

 

Cuando casi perdemos a “la tuerta”

La tía Alda continúa relatándonos el viaje a Guichón: “...Ya dejábamos atrás los departamentos de Colonia y Soriano y llegamos al Río Negro... Era viernes por la mañana. Estábamos en el paso del Palmar... Debido a las fuertes lluvias el río estaba muy crecido y torrentoso, sin embargo, confiando en que Dios no nos abandonaría, se alquiló una pequeña balsa que luchando contra la corriente llegó sin mayor novedad hasta la orilla opuesta., ¡en dos viajes se cruzaron los carros y las personas!... El problema se presentaba con la caballada... Emilio y Pedro eran los encargados de cruzarla ¡a nado!...¡Fue algo impresionante ver la caballada (unos 25 caballos) bufando y luchando contra la corriente para llegar al otro lado!... uno de ellos.... una yegua, fue arrastrada río abajo... ya casi se la consideraba perdida, pero... llegó. Era tuerta y con su único ojo solo veía la margen derecha del río y gracias a eso pudo ser rescatada a un kilómetro río abajo.

 

Mirada de niña

Nuevamente recurrimos a la memoria de tía Alda para conocer detalles de aquella casa familiar del campo, en Guichón: “...Papá era muy amante de plantar árboles así que pronto el patio grande alrededor de la casa tuvo plantas de paraísos, de los cuales aún hoy disfrutamos de su fresca sombra en los calurosos días del verano. También plantó allí durazneros y cercó el patio con rosales... pero lo que más vívido tengo en mi mente es el monte de álamos situado justamente detrás de la cocina, pues era ese nuestro lugar preferido para jugar a las muñecas ¡y no era que teníamos muchas y mucho menos costosas!;  las fabricábamos nosotras mismas: mis hermanas Margarita, Alina, Lelia y yo... Cada una tenía su propia familia de muñecas con los nombres de los misioneros adventistas que más admirábamos y de cuyas experiencias leían y contaban los mayores.... así que nuestras muñecas llevaban orgullosamente nombres tales como: Westphal, Westrup, Dalinger, Thompson y otros... Dudo mucho que nuestros hijos o nuestros nietos,  con todos los juguetes que este siglo ha inventado para ellos,  puedan pasar horas tan felices como las que pasábamos nosotras con nuestras  muñecas de trapo...”

 

Compartiendo bendiciones

A fines de 1919 y a principios de 1920, en un arreglo con don Juan Niel (padre) se formó una medianía para la fabricación de quesos y manteca. Al principio -y hasta tener todo instalado para la quesería- se compró  una desnatadora “Alfa Laval” movida a fuerza de pulmón... durante el tiempo en que solamente se comercializaron la crema y la manteca, los miembros de la familia Cayrus regalaban la leche descremada a la gente pobre de Guichón.. ¡todo tiempo es bueno para compartir las bendiciones!... Temprano por la mañana, con calor o frío, con  sol o lluvia, llegaban hasta el “campo de los Cayrus” hombres, mujeres y niños, todos con un tarrito de 1 o 2 litros... todos recibían la leche gratuitamente. Algunos la tomaban allí mismo y otros se la llevaban.... Formaba parte de ese grupo una viejecita llamada doña Alejandra, que ya parecía una pasita de uva... calculaba, por sus recuerdos con la historia patria, ser centenaria... y había que verla ¡cómo trabajaba! Juntaba lo que le había dado por llamar “leña petisa”, esto es bosta seca de vacuno, cuyas bolsas llenas cargaba sobre su cabeza y las vendía como combustible para cocinas y hornos a $ 0,002 la bolsa llena.

“Dios dio y Dios quitó, bendito sea su nombre...”

A ordeñar iban todos los que podían hacer algo en el corral pues era importante la cantidad de vacas que se ordeñaba....  Llegaron a sacarse hasta 200 (doscientos) litros de leche diarios que papá Elías transformaba en 4 grandes y sabrosos quesos.... De esa manera pronto una estantería situada en lo que llamaban “el sótano” se completaba.  Esto requería una constante atención pues los quesos debían ser moldeados y prensados para luego dejarlos 48 horas en dos grandes tinas con salmuera... y darlos vuelta a menudo para que no se deformaran.

Era el miércoles 18 de febrero de 1920, un día caluroso, bochornoso de viento norte que presagiaba tormenta.  Después del almuerzo los mayores insistieron en dormir una buena siesta, pero como siempre, los chicos le escaparon a la siesta y prefirieron quedarse jugando juiciosamente en la cocina a uno de los juegos preferidos de las niñas: “la escuela”.

De pronto... ¡una luz enceguecedora fue seguida por un trueno que los hizo estremecer!... Luego de unos segundos de silencio se oyó la voz de Elena gritando: “¡Fuego, fuego en la quesería!...” una centella había caído en el extremo norte del galponcito anexo a la quesería, y en menos tiempo del que tardamos en  relatarlo, la electricidad corrió por los alambres del quinchado de los techos de paja, y el sótano, la quesería y la despensa estallaron en llamas.  Se hizo todo lo posible por salvar algunas cosas... pero fue muy poco... tan solo la “jardinera”, una media bolsa de harina y 2 quesos que estaban cerca de una ventana.   Mamá Constancia tan solo atinó a salvar a 2 pequeños gatitos que así se libraron de morir quemados... De los 300 o más quesos que había, tal vez alrededor de 40 pudieron ser aprovechados, aunque les quedó el gustito a quemado...

Ese día había un remate-feria cerca de allí y al ver las “llamaradas en el rancho de los gringos”, olvidando sus intereses ¡y a todo galope! cortando alambrados para avanzar más rápido, llegaron los guichonenses para ver en qué podían ayudar...pero fue inútil, ya todo estaba convertido en carbón y ceniza.  Aunque todo se perdió resaltó el espíritu de solidaridad entre los que allí se reunieron, pues inmediatamente se ofrecieron para ayudar de diversas maneras, levantando una colecta unos y otros dando madera o paja para reedificar lo destruido por el fuego. 

Papá Elías terminó el relato escribiendo lo siguiente: “Damos gracias a Dios que ha juzgado bien enviarnos esta nueva prueba, de que todos, tanto de los miembros de la familia, como de los vecinos que nos ayudaron, salimos ilesos del siniestro, siendo las pérdidas puramente materiales. Dios lo ha dado, Dios lo ha quitado. Bendito sea su Santo Nombre”.

 

... a la hora de las comidas

El 12 de julio de 1922 nació Inesita, completando así el número de hijos que habían planeado tener... ya eran 12... 5 varones y 7 mujeres.  Hacía ya muchos años que papá Elías había fabricado la larga mesa donde esperaba ver sentada a la hora de la comida a toda la familia... Podemos cerrar los ojos y recordarla tal como era: muy larga,  con sus dos largos bancos laterales en donde cada uno tenía indicado su lugar... Así, saboreaban las sencillas pero nutritivas comidas, agradeciendo siempre al buen Padre Celestial por la bendición del pan cotidiano... La oración se hacía por turno y generalmente en francés.

 

Aventuras en la selva

Los “chicos” de la familia Cayrus-Davit recuerdan: “Nos gustaba mucho ir a pasar con nuestros mayores algunos días en la  “estancia” Santa Isabel, pues era para nosotros gran aventura vivir en la “selva”, pues el monte natural del arroyo Santana llegaba hasta el mismo patio..”

En una ocasión,  Lito que a la sazón tendría alrededor de los 4 años se asustó de un lagarto que tranquilo tomaba sol, y en su afán por escaparse quiso pasar entre las rejas de una de las ventanas pero... ¡allí quedó, preso como si estuviera en un cepo! pues sólo logró pasar la cabeza...A sus gritos, corrieron los mayores, pero... ¿qué hacer? Ni para adelante, ni para atrás... Ya habían decidido aserrar uno de los barrotes, cuando alguien recordó un viejo refrán que dice: “si pasa la cabeza, debe pasar también el cuerpo”... El caso es que tras muchos movimientos y pruebas, entre los que Lito fue quedando despojado de toda su ropa, lograron hacerlo pasar a la parte interior de la casa.

 

... y otra aventura de Lito

Parece ser que el pequeño Lito era bastante “sabandija”, ya que todos recuerdan anécdotas que lo tienen como protagonista. De ésta, que vamos a relatar ahora, aún lleva la marca, y la llevará toda su vida:

En la casa... una tarde de otoño estaban haciendo chorizos (se hacía mucha cantidad, pues luego de secados y ahumados se guardaban para el invierno) y en un momento de descuido de los mayores, los dos más chicos, Beno y Lito quisieron también ayudar y dar vueltas la manivela de la máquina de picar carne.  Beno, que era más grande, se colgó de ella, mientras Lito inocentemente metió su dedito índice en uno de los agujeros de donde sale la carne picada, y al accionar la cuchilla... ¡trac!... le cortó de un solo golpe la primera falange de su dedito de la mano derecha.... Lito no lloraba,  sino que mirando su dedito sin punta que chorreaba sangre, decía en patuá: “Beno, ¿qué tu la fach?” (Beno, ¿qué hiciste?). Pronto acudió Elena con una toalla envolviendo con ella la manito ensangrentada evitando que papá o mamá se sintieran desmayar viendo tanta sangre. Luego le curó el dedito, y al buscar dentro de la máquina, hallaron la otra parte cortada justamente debajo de la uña... y para consolar a Lito lo enterraron diciéndole que quizá saldría un arbolito con muchos deditos.

 

¡Gracias Congo...!

Tía Alda nos cuenta otro momento que guarda en sus recuerdos:

“...No dudo que para los mayores fueron tiempos difíciles, y de rudo trabajo, aunque en todo lo que podíamos compartíamos las tareas del diario vivir.  A nosotros, los menores,  nos tocaba el trabajo de pastorear los animales en el campo o en los avenales, llevarles la comida a nuestros hermanos que durante el día trabajaban el campo... y en época de siega y trilla, el número de trabajadores aumentaba hasta 20 o 25 hombres... Había que ir temprano a llevarles el desayuno, luego el almuerzo y más tarde, la merienda compuesta por mate cocido y galleta dura. Recuerdo que una vez me tocó llevar el desayuno para Pedro y Enrique que estaban arando bastante lejos de la casa, había una densa niebla dentro de la cual yo parecía flotar. Para acortar camino decidí ir a campo traviesa, y ¡oh, qué angustia! Me perdí. Caminaba... caminaba... casi corría, y no llegaba a ninguna parte. Finalmente noté que el perro que me acompañaba, el Congo ¡no quería seguirme!... así que pensé que mejor sería seguirlo a él... Al poco rato ya me encontré pisando la tierra arada donde Enrique me esperaba hambriento.... Eso sí, recuerdo que pasé un momento amargo pues sólo tenía diez años...”

 

Cuando descubrí mi vocación

“¡Qué felices éramos estudiando en la Escuela 44 de la colonia!.... creo que fue en esos días que se despertó en mí el gran anhelo, la vocación de mi vida: ser maestra. Como ya hacía 4 años que cursaba el tercer año... pero no por “burrita” ¡sino porque no había más que esos cursos y yo no quería dejar de asistir a la escuela!... Entonces la maestra me mandaba al patio con una pizarra y algunos chicos que tenían un poco más de dificultad para aprender, para que yo les enseñara las primeras letras, los números o las cuentas, y... ¡ésa era mi gloria!..” (Alda C. de Geisse)

 

La boda de Elena y David

El almanaque indicaba el 6 de marzo de 1924... Elena estaba radiante con un hermoso vestido, aunque éste era de color negro debido al luto formal que se llevaba por el fallecimiento de su padre, pero con su cabeza cubierta por un bello tul blanco. Para ir hasta el juzgado del pueblo de Guichón, don Federico Giró – un rico estanciero de la zona- les prestó su “coche” tirado por 2 hermosos caballos blancos.  El cochero, sentado en un alto asiento, luego de la ceremonia civil llevó a la joven pareja hasta la casa que desde ese momento se transformó en una extensión del hogar paterno. Don Toribio -dueño del campo donde se radicaron- tenía alma de compositor, y compuso para la ocasión una vidala cuya última estrofa decía así:  

“Hoy David y Elena, se quieren de veras

y aquel rancho adoran, vidalitá, que está en la ladera...”.

 

¡Veloces como el viento..!

Pedro tenía un camión Chevrolet, y ¡qué camión!... por su parte, Emilio había adquirido un Ford modelo T,  de bigote,  y aunque muchas veces tenía que arrancar después que era arrastrado varias cuadras a la cincha de un caballo, no dejaba de ser algo novedoso, progresista y de buen precio;  había pagado por ese moderno vehículo: 4 bueyes,  2 novillos, 1 vaca y $ 10 en efectivo. Siendo tan importante la adquisición, cierto sábado de tarde gran-mamá –que nunca salía de casa- consintió en ir hasta la casa de Elena en el auto de Emilio.... y qué emocionante fue para ella el ir en un vehículo sin caballos a la velocidad de. ¡40 km. por hora!!!... Sus palabras al llegar de vuelta a casa fueron: “Por poco me faltó el aliento a semejante velocidad; ¡íbamos como el viento!”.

 

Alda hace realidad su sueño

Hacia 1930, sintiendo que su vocación al magisterio se fortalecía, Alda decidió escribir una solicitud al Colegio Adventista del Plata en Entre Ríos, Argentina, para ir como alumna industrial interna (alumnos que abonaban una gran parte de su matrícula con trabajo) y al mismo tiempo estudiar.  Fue admitida en esa institución educativa del vecino país... así recuerda aquel momento: “¡Cuán lejos parecía que me iba! ¡Qué impresionante cruzar el río Uruguay y viajar en tren a tanta distancia!. Mamá, que quería estar siempre rodeada de sus hijos, consintió en que fuera a estudiar al Colegio Adventista, pero me sentenció así: “Sí, vas pero sólo un año”... Para mis adentros pensé: ¡Oh sí! Iré un año a la vez. El primer año me acompañó Enrique hasta el colegio... el segundo año fue Pedro... ya después me animaba a viajar sola. Siempre volvía los veranos a casa para ayudar en los distintos quehaceres, especialmente cocinar en época de cosecha y trilla. Para fines de 1933 me gradué y tuve la inmensa alegría de que mamá, Elena y la pequeña Gladis fueran al programa de graduación...”

 

La iglesia del arroyo

Durante los sábados de la década de los ´30, especialmente en el verano, como la iglesia adventista se reunía en Santana,  en horas de la tarde se realizaba la Sociedad de Jóvenes... eran reuniones sociales con mucha juventud de la Colonia que se daba cita a orillas del arroyo Santana.  No faltaban las caminatas y paseos por el monte, las entusiastas reuniones espirituales, las competencias bíblicas.. todos y cada uno, ¡recuerdos imborrables!

 

Apuntes de todas partes

ANÉCDOTAS de ayer, de hoy,
 de lo que está pasando y de lo que se viene...!: